jueves, 30 de abril de 2009

Capítulo 27: La Culpa

Hacía frío. Bastante. Me sorprendía, ya que me encontraba en un lugar cerrado. Cerrado, pero blanco, frío, incómodo. Sí, incómodo, ya que estaba toda contracturada, después de haber dormido unas cuantas horas en una silla de plástico. No me acordaba bien que hacía ahí. No sabía en qué lugar estaba, ya que mi cabeza estaba sufriendo una tortícolis que me permitía sólo mirar hacia el techo. Traté de recordar en dónde debería estar en ese preciso momento, pero mi mente estaba en blanco. Todos mis intentos se esfumaron, cuando una chica vestida de enfermera abrió la puerta de la habitación con una sonrisa dirigida hacia mí. ¿Qué me habrá pasado? Me pregunté, pensando que yo era la enferma. Pero esta chica se dirigió hacia otro lado, no hacia mi silla de plástica totalmente incómoda. Oí que susurró algo hacia otra persona. Había alguien más en ese lugar. Con todos mis esfuerzos, bajé lentamente mi cuello, a pesar del dolor que tenía, para poder aclarar mis dudas. Y apenas pude ver qué pasaba allí, una lágrima culpable me recorrió el rostro en forma vertical. Ahí comencé a recordar todo, y un enorme nudo en el estómago no me permitía gesticular ninguna palabra. Entonces me dediqué a llorar mi culpa. La enfermera me miraba con una expresión de confusión, y trataba de consolarme con algunas palabras que mi mente no me dejaba reconocer. Ya está bien, señorita, todo está bien.. el paciente no sufrió nada, sólo unos pequeños moretones en los brazos, pero se van a curar en una semana. Estaba demasiado hundida en mi culpa, que no creía en nada de lo que me decía. Pero entonces..
-Ma-Male, acercate, mi a-amor –me dijo él con una voz quebradiza, de enfermo.
-Noo, no me pidas essso, yo te mettttí en essstoo, aaa –contesté llorando, mientras aceptaba los pañuelos que me daba la enfermera.
-No me hiciste nada, mi amod, esta todo bien preciosa, me siento perfecto.
-No me mientassss! –grité sin poder contenerme.
-Señorita, no grite aquí adentro, son órdenes del hospital..
Me agarré de los pelos y me quedé callada mirando hacia el suelo, observando cómo se me caían las lágrimas. Me los ojos con un pañuelo que me acercaba la mujer, alcé la cabeza y miré devuelta a Seb. Él estaba allí, sentado en su camilla, con una cálida sonrisa en el rostro. Me miraba como un padre orgulloso. Con el dedo índice me hizo señas para que fuera hacia donde él estaba. Me levanté de la silla lo más rápido que pude, y ahí me acordé de todos los dolores que tenía encima. Pero no me importaron, yo seguí hacia él. No me importaba nada más en ese momento. Me senté en un costado de la camilla, dejando que él me acariciara el pelo como siempre lo hacía. Si hay algo que tenés que entender, es lo mucho que te amo. Nunca, ¡jamas! Te dejaría por otra persona. Me dijo con su voz quebrada. Se acercó para besarme, pero gracias a que se estaba apoyando en una de sus heridas, yo tuve que acercarme más.
Yo estaba que no podía más del sueño. Apoyaba la cara en una mano y la cabeza se me caía. Encima, los asientos de la sala de espera se habían ganado mi odio y el de mi espalda. Tenía ganas de estar con Seb, apoyar mi cabeza al lado de la suya y dormir un poco. Pero no. Según la enfermera no se podía, y además, el doctor estaba por darle el alta. Decían que no había sufrido más que unos pocos moretones, y que era una suerte que estuviera vivo. Cuando escuchaba éstas palabras bajaba la cabeza y deseaba estar en coma, o también muerta. Sentía que tenía toda la culpa, y era verdad, por eso me decidí a pasar tiempo con él. Y no hablarle del asunto a menos a que él lo quisiera. Gracias a lo que había pasado, él intentó matarse.. entonces me puse a pensar lo mucho que nos necesitaríamos los dos. Demasiado.
El doctor vino con un papel firmado en la mano que decía que Seb estaba en condiciones de dejar el hospital. Me dio un par de indicaciones para curar los moretones, y esperé a que mi novio terminara de cambiarse en la habitación. Luego de unos minutos, salió por la puerta con una pequeña sonrisa, la única que pudo hacer en su estado, y se me puso la piel de gallina, como si la primera vez que me había mirado.